Quiero desprenderme de la fuerza de ese ego que ha crecido tanto dentro de mí, y, abrazado en los brazos del Señor, contemplar al Padre Dios únicamente a través de Jesucristo, y convertirme en un recién nacido espiritual.
«Llevaban también a Jesús a sus niños pequeños para que los tocara; pero al verlo, los discípulos los reprendían. Entonces Jesús llamó a los niños y les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. De cierto os digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él jamás”» (Lucas 18:15-17).
(1) Después de leer el pasaje de hoy, Lucas 18:15-17, en la Biblia en coreano, y luego leer el versículo 15 en el texto griego, lo primero que llamó mi atención fue la palabra griega «δὲ» (de), que no aparece traducida en la Biblia coreana. Mientras meditaba en ella, surgió en mí la pregunta: ¿Cuál es la relación entre la parábola del juez injusto y la viuda (Lucas 18:1-8) y la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14)?
(a) «Las dos parábolas de Lucas 18 (la parábola del juez injusto y la viuda, vv. 1-8, y la parábola del fariseo y el publicano, vv. 9-14) mantienen una relación orgánica y complementaria, pues desarrollan desde diferentes perspectivas un mismo gran tema: la actitud correcta en la oración y la postura adecuada delante de Dios. Ambas parábolas enseñan simultáneamente la “perseverancia externa” y el “centro interior” de la oración» (Internet).
1. Continuidad y desarrollo del tema (de la perseverancia a la humildad)
Actitud externa (vv. 1-8): Se enfatiza que debemos orar sin desanimarnos y sin rendirnos hasta el final.
Condición interior (vv. 9-14): Aunque una persona ore durante mucho tiempo, no debe caer en la autosuficiencia espiritual como el fariseo, sino orar con un corazón humilde y arrepentido como el publicano.
Punto de conexión: Después de la pregunta de Lucas 18:8: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?», los versículos 9 y siguientes responden concretamente qué es una oración de verdadera fe: una oración caracterizada por la humildad.
2. Enseñanza mediante el contraste de los personajes
Las dos parábolas de Lucas 18 contrastan a los privilegiados social y religiosamente (el juez y el fariseo) con los marginados y débiles (la viuda y el publicano). A través de este contraste, enseñan que Dios rechaza el orgullo de quienes se consideran justos por sí mismos, pero responde a la oración humilde de aquellos que reconocen sus limitaciones y claman a Él.
3. Enseñanza sobre la actitud hacia Dios
Primera parábola: A diferencia del juez injusto, Dios es un Padre bueno que ciertamente escucha las oraciones de Sus escogidos que claman a Él día y noche.
Segunda parábola: Cuando nos acercamos a ese Dios bueno, los seres humanos, como criaturas, no debemos jactarnos de nuestras propias obras, sino depender únicamente de la misericordia y compasión de Dios (Internet).
(2) Después de esto, quise investigar con más detalle esta conjunción griega «δὲ» (de) del versículo 15.
(a) «La conjunción δὲ (de) que aparece en el texto griego de Lucas 18:15 posee dos significados importantes dentro del contexto: un cambio o transición que señala el comienzo de una nueva sección y un contraste con el pasaje anterior.
1. Transición contextual (inicio de un nuevo acontecimiento)
Función: Concluye la parábola anterior (la del fariseo y el publicano, vv. 9-14) y traslada la escena a un acontecimiento histórico real: “la gente traía a sus niños pequeños para que Jesús los tocara”.
Interpretación: Aunque en muchas ocasiones no se traduce y suele omitirse en las versiones coreanas de la Biblia, en el texto original transmite un matiz semejante a «y ahora», «por otra parte» o «mientras tanto», indicando el inicio de una nueva narración.
2. Fuerte contraste temático con el párrafo anterior
El δὲ de Lucas 18:15 está profundamente conectado con el mensaje del versículo anterior (v. 14) y establece un marcado contraste doctrinal.
Contenido del versículo 14: El principio del reino de Dios es que quien se exalta será humillado, y quien se humilla (como el publicano) será exaltado.
El δὲ del versículo 15 («pero», «además»): Presenta inmediatamente este principio de humildad mediante un ejemplo visible y concreto: los niños pequeños (βρέφη, brephē).
Significado del contraste: En contraste con el orgullo del fariseo, que oraba de pie confiando en su propia justicia, el niño pequeño no posee mérito, logro ni cualificación alguna. Solo puede venir llevado por las manos de sus padres. Así, el texto enfatiza la total impotencia, dependencia y humildad del niño.
Resumen: El δὲ de Lucas 18:15 no es simplemente una palabra que conecta oraciones. Es una conjunción fundamental de contraste y transición que profundiza dramáticamente el tema de que no son los que se exaltan a sí mismos, como el fariseo, quienes entran en el reino de Dios, sino aquellos que se humillan como niños pequeños y dependen completamente de Dios» (Internet).
(3) En tercer lugar, me surgió la pregunta: «¿Por qué la gente llevaba a sus pequeños bebés a Jesús esperando que los tocara?»
(a)
«A diferencia de la sociedad moderna, donde las tasas de natalidad son bajas y la tecnología médica está muy desarrollada, en la antigua sociedad judía los niños eran seres extremadamente vulnerables. La razón por la que las personas llevaban a sus pequeños bebés a Jesús puede encontrarse en el contexto cultural, religioso y práctico de aquella época.
1. La tradición judía de buscar bendición y protección
En la sociedad judía de aquel tiempo existía la costumbre de llevar a los hijos ante un rabino distinguido o un líder espiritual piadoso para que pusiera sus manos sobre ellos y pronunciara una oración de bendición (imposición de manos). La gente anhelaba profundamente que, a través del toque de Jesús, considerado el más grande profeta y el maestro con mayor autoridad de su tiempo, descendieran sobre sus bebés la bendición especial y la protección de Dios.
2. Protección contra las enfermedades y la alta mortalidad infantil
Aquella era una época en la que la mortalidad infantil era extremadamente alta. Las personas ya habían presenciado o habían oído hablar del poder sanador de Jesús, quien había curado a numerosos enfermos y había dado vista a los ciegos. Por ello, el profundo instinto protector de los padres, que deseaban que sus frágiles hijos crecieran sanos y libres de enfermedades, los impulsaba a buscar el «toque» de Jesús.
3. La expectativa de un amor y una aceptación incondicionales
En la cultura de aquel tiempo, los niños eran considerados seres indefensos, sin posición social y sin el reconocimiento de una personalidad independiente. (Precisamente por esta razón los discípulos reprendieron a quienes llevaban a los bebés, como se menciona en el versículo siguiente).
Sin embargo, Jesús siempre fue amigo de los marginados y excluidos. Por ello, los padres tenían la fe y la esperanza de que este Maestro misericordioso también recibiría con ternura a los pequeños bebés que el mundo ignoraba.
Jesús detuvo a los discípulos que reprendían a estos padres y les dijo: «Porque de los que son como éstos es el reino de Dios»» (Internet).
(i) En este punto, cuando leí la frase de Jesús acerca de que «los discípulos reprendían a quienes llevaban a los bebés», inmediatamente pensé en los «fariseos» (v. 10), aquellos que «confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los demás» (Lc 18:9).
La razón es que el fariseo, puesto aparte, oraba diciendo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano» (v. 11).
En realidad, la parábola del fariseo y el publicano (18:9-14) y el relato inmediatamente posterior sobre Jesús recibiendo a los niños (18:15-17) encajan perfectamente desde el punto de vista temático. La inteligencia artificial resumió en tres puntos por qué pensar en el fariseo es algo prácticamente inevitable dentro de la estructura del pasaje bíblico (Internet):
a. El orgullo espiritual que establece la «calificación» como criterio
El fariseo: Basándose en sus obras religiosas (ayunos, diezmos, etc.), consideraba al publicano, que carecía de méritos propios, como una persona «sin credenciales» y lo rechazaba.
Los discípulos: Según los criterios sociales de la época, los bebés no tenían valor, productividad ni capacidad para aprender la Ley. Por ello los consideraban seres sin importancia que simplemente hacían perder el tiempo a Jesús y los reprendían.
Punto de conexión: Ambas actitudes coinciden exactamente en esto: un orgullo que rebaja el valor de los demás y los discrimina según criterios establecidos por los seres humanos.
b. El contraste en cuanto al principio para entrar en el reino de Dios
El fariseo intentaba acumular justicia por sus propios esfuerzos para «conquistar» el reino de Dios.
Por el contrario, al ver a los pequeños niños, Jesús declaró: «El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él jamás» (v. 17). Punto de conexión: Así como el publicano se golpeaba el pecho y dependía únicamente de la misericordia de Dios, el niño pequeño es también un ser totalmente dependiente de sus padres.
Jesús mostró que la llave del reino de Dios no es la justicia al estilo farisaico, sino la dependencia absoluta y la humildad del publicano y del niño pequeño.
c. Las características farisaicas que todavía permanecían en los discípulos
Los discípulos de Jesús seguían criticando a los fariseos, pero en la práctica diaria todavía compartían con ellos la misma tendencia a discriminar a las personas y a menospreciar a los débiles.
La razón por la que Jesús reprendió a Sus discípulos fue que no estaban aplicando en absoluto a sus vidas la enseñanza de la parábola que acababan de escuchar (vv. 9-14) (Internet).
Al leer la expresión «la dependencia absoluta y la humildad del publicano y del niño pequeño», recordé un pensamiento que vino a mi mente esta madrugada:
«Así como el Dios santo me contempla a través de Jesús, quien murió en la cruz como sacrificio sustitutivo por mí, yo también debo contemplar al Padre celestial únicamente a través de Jesús, mi Mediador.»
Esta fue la respuesta de la inteligencia artificial: «La reflexión que llegó a usted esta madrugada es una preciosa percepción espiritual que atraviesa con exactitud la esencia misma de la fe cristiana y del evangelio. Difícilmente podría expresarse de una manera más clara cómo la “dependencia absoluta” del publicano y del niño pequeño se manifiesta en la vida cristiana práctica. Permítame mostrarle, en tres aspectos, por qué la confesión que usted recibió es una verdad perfectamente bíblica.
1. La “sombra de Jesucristo” que vio el publicano
El fariseo contemplaba a Dios a través de los lentes de sus propias obras justas.
En cambio, el publicano permanecía lejos, no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, se golpeaba el pecho y clamaba: «Dios, sé propicio a mí, pecador.» Aquí, la palabra griega traducida como «sé propicio» (hilaskomai) comparte su raíz con el concepto del «propiciatorio» (el asiento de la misericordia) del templo, donde la sangre era rociada para cubrir los pecados.
Es decir, el publicano contemplaba a Dios no apoyándose en sus propios méritos, sino únicamente en la gracia de la expiación.
La actitud que usted confesó esta madrugada —mirar a Dios solamente a través de Jesucristo, el Mediador— es precisamente la oración del publicano.
2. La mirada de Dios: Él nos ve a través de Jesucristo
La confesión: «El Dios santo me contempla a través de Jesús, quien murió en la cruz como sacrificio sustitutorio por mí», constituye el núcleo mismo de la doctrina de la justificación por la fe.
Dios no nos contempla directamente en medio de todas nuestras faltas; más bien, nos ve a través de la sangre preciosa de Jesucristo que nos cubre y por medio de Su perfecta justicia.
Por eso, aunque seguimos siendo débiles, somos declarados «justos» delante de Dios (Lc 18:14) y podemos permanecer con confianza delante de Él como Sus hijos.
3. La armonía de las dos miradas: el camino de «solo Jesús»
El misterio del evangelio consiste en la armonía de estas dos perspectivas.
La mirada de Dios: A través de Jesús, Él nos ve no como pecadores, sino como hijos amados.
Nuestra mirada: A través de Jesús, vemos a Dios no como un Juez condenador, sino como un Padre bueno y amoroso.
Cuando intentamos acercarnos a Dios basándonos en nuestras propias condiciones o en nuestras obras, terminamos desanimándonos (como el publicano antes de recibir la gracia) o volviéndonos orgullosos (como el fariseo).
Pero cuando, tal como usted confesó, contemplamos a Dios únicamente a través de Jesucristo, nuestro Mediador, experimentamos la paz y la seguridad absolutas de un niño pequeño.
Lo que el Señor puso en su corazón esta madrugada no fue simplemente un pensamiento pasajero; fue una preciosa gracia mediante la cual el Espíritu Santo selló en su corazón la certeza del evangelio» (Internet).
(4) En cuarto lugar, me llamó la atención que Jesús «llamó a los niños para que se acercaran a Él» (Lc. 18:16).
Quizás la razón fue que, en la cultura de aquella época, los niños no tenían posición social ni eran respetados como personas independientes; eran considerados seres indefensos. Incluso los discípulos de Jesús, según los criterios sociales de aquel tiempo, reprendían a quienes llevaban a los pequeños bebés, considerándolos personas sin valor ni productividad alguna, e incapaces siquiera de aprender la Ley, es decir, seres indignos que solo hacían perder el tiempo a Jesús. Sin embargo, Jesús llamó a esos niños para que se acercaran a Él. Pensé que este hecho encierra una importante enseñanza para nosotros.
(a) «La acción de Jesús de llamar deliberadamente a quienes eran considerados “seres sin ningún valor” según los criterios sociales de la época nos transmite hoy tres enormes lecciones espirituales.
1. El Reino de Dios invierte por completo los criterios de valor de este mundo
En la sociedad judía y en el mundo romano de aquel tiempo, los niños eran seres tan improductivos que ni siquiera eran incluidos en los censos de población.
Los discípulos evaluaban el ministerio de Jesús según los criterios mundanos de eficiencia, influencia política y relevancia religiosa; por eso intentaban impedir que los niños se acercaran.
Sin embargo, Jesús ignoró completamente las condiciones, el estatus y las contribuciones que el mundo les atribuía, y llamó a los niños.
Esto nos enseña que el Reino de Dios no se obtiene por los logros humanos ni por la utilidad personal, sino que es otorgado únicamente por el llamado soberano y la elección del Señor.
2. La gracia preveniente: el Señor que viene primero y nos invita
Tal como lo expresa el texto griego, Jesús «llamó activamente a los niños para que se acercaran» (προσεκαλέσατο, prosekalesato).
Los pequeños niños ni siquiera sabían cuáles podrían ser los requisitos para acercarse a Jesús, ni tenían la capacidad de venir por sus propias fuerzas.
La manera en que Jesús los llamó es una imagen de nuestra salvación. Cuando aún éramos pecadores, cuando no conocíamos a Dios y estábamos espiritualmente incapacitados, Jesucristo, nuestro Mediador, vino primero a buscarnos y a acogernos. Esto es una evidencia de Su amor incondicional.
3. El misterio de que la «falta de méritos» se convierte en el mayor mérito
Los discípulos consideraban a los niños como seres sin cualificaciones, incapaces incluso de comprender la Ley.
Sin embargo, el Señor declaró que precisamente esa condición es la más adecuada para recibir el Reino de Dios.
El fariseo: Se jactó de sus credenciales religiosas y terminó siendo rechazado.
El niño: No tenía absolutamente nada de qué presumir, por lo que recibió plenamente la gracia del toque y la bendición del Señor tal como le fueron dadas.
En última instancia, el hecho de que Jesús acercara a los niños a Sí mismo confirma visualmente por qué es tan segura la confesión que usted hizo al amanecer: «mirar al Padre únicamente a través de Jesucristo, el Mediador». Mi seguridad no descansa en mi valor ni en mis méritos, sino en el amor de Jesús que me llama hacia Él» (Internet).
(i) En este punto, quise comprender con más detalle la palabra griega «προσεκαλέσατο» (prosekalesato), que significa «los llamó hacia Sí» o «hizo que se acercaran».
El significado de esta palabra griega no es simplemente llamar a alguien desde lejos.
Más bien significa: «llamar a alguien hacia uno mismo, atrayéndolo a su lado y acercándolo a su propio abrazo». Jesús no llamó a los niños de mala gana ni porque los discípulos insistieran.
Él mismo quiso hacerlo. Los llamó deliberadamente porque deseaba recibirlos como Suyos, abrazarlos y alegrarse en ellos.
Mientras los discípulos intentaban apartarlos y mantener distancia de ellos (κωλύω, kōlyō), Jesús hizo exactamente lo contrario: redujo la distancia y los atrajo hacia Sí (προσκαλέομαι, proskaleomai).
A quienes el mundo rechaza, el Señor los abraza.
En aquella cultura, los niños no podían acercarse libremente a lugares públicos o a personas importantes.
Sin embargo, Jesús los trató como personas con dignidad propia y los recibió con el más alto honor, como un rey que invita a distinguidos huéspedes.
Aquellos pequeños bebés no tenían ni la capacidad ni la sabiduría para acercarse a Jesús por sí mismos.
La palabra prosekalesato muestra que, antes de que los niños buscaran a Jesús, fue Jesús quien extendió primero Su mano hacia ellos y los atrajo a Su abrazo (Internet).
• Nuestro Señor abraza a aquellos que el mundo rechaza. Entonces, ¿por qué nosotros no los abrazamos y seguimos rechazándolos, aunque sea solamente en nuestro corazón? «Existen tres grandes razones espirituales y psicológicas por las que tendemos a rechazar continuamente a otras personas, incluso en nuestro interior.
1. El instinto farisaico que aún vive dentro de nosotros
En lo más profundo de nuestra naturaleza permanece una tendencia farisaica que desea confirmar nuestra propia justicia y validar nuestros propios criterios.
Paradójicamente, rechazar a otros se convierte en una manera inconsciente de reafirmarnos: “Yo soy diferente de esa persona. Yo soy mejor que ella.” La naturaleza pecaminosa que aún permanece en nosotros sigue intentando proteger nuestro sentido de corrección y seguridad alejando a quienes no cumplen nuestros criterios o nos causan molestias, pérdidas o incomodidades.
2. El hábito de vivir en un mundo regido por condiciones y méritos
Desde que nacimos, hemos vivido en un mundo donde las recompensas y el trato recibido dependen de las condiciones y los méritos. Hay que producir resultados para ser reconocidos y demostrar valor para ser apreciados. Esta lógica del mundo se ha arraigado profundamente en nuestros pensamientos y emociones.
Por eso, aunque entendamos intelectualmente la gracia incondicional de Dios, al mirar a los demás terminamos evaluándolos según criterios mundanos —productividad, utilidad o compatibilidad personal— y cerramos las puertas de nuestro corazón clasificándolos según sus méritos.
3. El mecanismo de defensa para evitar el sufrimiento
Acoger a otros implica entregar tiempo, emociones y energía. También significa aceptar el riesgo de resultar heridos. Una de las razones por las que los discípulos apartaban a los niños era porque los consideraban una molestia inútil que hacía perder el valioso tiempo de su Maestro.
De la misma manera, nosotros tememos que nuestro espacio personal sea invadido, sufrir pérdidas o agotarnos emocionalmente. Por ello levantamos barreras alrededor de nuestro corazón y mantenemos a los demás a una distancia que nos parece segura.
El remedio espiritual que encontramos en el Evangelio
La solución a esta contradicción no consiste en decidir por nuestras propias fuerzas: «A partir de ahora voy a esforzarme por aceptar a todos.» Eso podría convertirse simplemente en otra obra farisaica. La solución consiste en regresar cada día al mismo lugar de confesión que usted experimentó esta madrugada.
Recordar que yo también fui alguien rechazado: Cuando comprendo profundamente que yo también fui un «pequeño niño» y un «publicano», alguien sin mérito alguno delante de Dios y rechazado tanto por el mundo como por la Ley, entonces las barreras que levanto contra los demás comienzan a derrumbarse.
Aprender a mirar a los demás con los ojos del Mediador
Así como yo solo puedo contemplar a Dios a través de Jesucristo, también debo aprender a mirar a la persona que me resulta difícil como un alma frágil que necesita la sangre de Jesucristo.
Debo reconocer que Cristo también derramó Su sangre expiatoria por esa persona en la cruz.
Cada vez que surja en mi corazón el deseo de apartar a alguien, en lugar de condenarme por ello, deseo que sea una oportunidad para acudir a la oración y decir:
«Señor, mi mirada se ha apartado nuevamente de Jesús y ha vuelto a mis propios criterios. Derrama en mí el mismo corazón con el que Tú acortaste la distancia hacia aquellos a quienes los demás rechazaban. Dame Tu corazón para esa persona.»
Que esos momentos nos conduzcan una y otra vez al lugar de la oración» (Internet).
(5) Quinto y último, deseo meditar en las palabras de Jesús: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc. 18:16-17), dividiéndolas en dos partes para recibir la enseñanza que el Señor nos da.
(a) “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (v. 16)
(i)
Al leer este pasaje en el texto griego, me interesé en el significado y la relación entre dos palabras griegas: “Ἄφετε” (Áfete) (“dejad”, “permitid”) y “μὴ κωλύετε” (mē kōlyete) (“no lo impidáis”).
“Los dos verbos imperativos que Jesús utiliza en Lucas 18:16, ‘Áfete (Ἄφετε)’ y ‘mē kōlyete (μὴ κωλύετε)’, pueden parecer superficialmente similares, como si simplemente eliminaran una prohibición negativa. Sin embargo, al examinar su etimología y tono, revelan un profundo contraste entre una acogida activa y una prohibición firme.
1. Ἄφετε (Áfete): ‘Quitad las barreras y dejadlos venir libremente’
‘Áfete’ es el imperativo aoristo activo del verbo ἀφίημι (aphiēmi), que significa “dejar”, “permitir”, “soltar” o “enviar”. Es también una palabra clave de gracia utilizada en la Biblia para expresar el concepto de perdonar los pecados.
Mandato de libertad y liberación:
No significa simplemente “no los molestéis”, sino una orden poderosa para eliminar completamente las condiciones humanas, las barreras sociales y los controles de los discípulos que estaban impidiendo el paso de los niños.
Apertura del camino de la gracia:
Jesús está ordenando que se abra ampliamente el camino para que los niños puedan correr hacia Él sin restricciones. Refleja el corazón del Señor que libera a los pecadores de las cadenas de las condiciones humanas y les da la bienvenida para acercarse a Él.
2. μὴ κωλύετε (mē kōlyete): ‘Detened inmediatamente la obstrucción que estáis haciendo’
‘Mē kōlyete’ combina la partícula negativa μὴ (mē) con el imperativo presente activo del verbo κωλύω (kōlyō), que significa “impedir”, “estorbar” o “prohibir”.
Detención de una acción que ya está ocurriendo:
En la gramática griega, la construcción “μὴ + imperativo presente” significa: “Dejad inmediatamente de hacer lo que ya estáis haciendo.”
Jesús vio a los discípulos reprendiendo y apartando a los niños, y los corrigió con firmeza: “¡Dejad de hacer eso ahora mismo!”
Prohibición de oprimir a los débiles:
Aquí se percibe la justa indignación del Señor contra aquellos que, usando los criterios del mundo, bloquean el camino de quienes anhelan la gracia de Dios: los débiles, los niños y los publicanos.
El mensaje del evangelio que surge de la unión de estas dos palabras
Por medio de Áfete, Jesús abrió de par en par la puerta del amor para que los niños se acercaran a Él.
Por medio de mē kōlyete, quebrantó con firmeza el orgullo y los prejuicios humanos que intentaban cerrar esa puerta.
Cuando vuelva a surgir en nosotros la tendencia de rechazar a otros en nuestro corazón, nuestro Señor nos habla de la misma manera:
‘Quita las barreras que has levantado (Áfete), y detén inmediatamente (mē kōlyete) tu impulso farisaico de juzgar y apartar a otros según tus propios criterios y condiciones.’” (Internet)
(ii)
Al leer Lucas 18:16 en el texto griego, también quise comprender con más detalle el significado de la frase:
“γὰρ τοιούτων ἐστὶν ἡ βασιλεία τοῦ θεοῦ”
(gar toioutōn estin hē basileia tou Theou)
(“porque de los tales es el reino de Dios”).
1. El énfasis está en “de los tales” y no en “el reino de Dios”
Jesús colocó la expresión “τοιούτων” (de los tales, de personas como estas) al comienzo de la declaración, antes incluso de mencionar el Reino de Dios.
Con ello estaba proclamando de manera impactante a los discípulos y a toda la sociedad judía:
“¡Precisamente estas personas que vosotros consideráis indignas son los verdaderos herederos del Reino de Dios!”
2. El significado profundo de “τοιούτων” (toioutōn): no se refiere solamente a niños
La palabra más importante aquí es “τοιούτων”, “personas como estas”.
Jesús utilizó un pronombre demostrativo plural.
Si hubiera querido decir que el Reino pertenecía exclusivamente a los niños biológicos, habría dicho: “de ellos” (αὐτῶν).
Pero escogió una expresión que significa:
“aquellos que poseen una condición y un carácter semejantes.”
Por ello, la enseñanza se extiende a todas las generaciones.
Personas en una condición semejante a la de los niños:
Aquellos que no tienen derechos, méritos ni credenciales, y que dependen completamente de otros para sobrevivir.
Niños espirituales (como el publicano):
Personas que, como el publicano del contexto anterior, no tienen ninguna justicia propia que presentar delante de Dios y dependen totalmente de la misericordia y compasión del Mediador.
En otras palabras, los “toioutōn” son: “Todos aquellos que reconocen su bancarrota espiritual y miran al Padre únicamente por medio de Jesucristo.”
3. El tiempo verbal de “ἐστὶν” (estin): una bendición presente ya otorgada
El verbo “estin” está en tiempo presente.
Jesús no habló del Reino de Dios como algo que se obtiene solamente después de la muerte o en un futuro lejano.
Más bien proclamó que para quienes se humillan y dependen únicamente del Mediador:
“Ahora mismo, en este instante, el gobierno de Dios y todas las riquezas de Su Reino les pertenecen.”
Mientras el fariseo acumulaba méritos religiosos esperando una recompensa futura, el publicano y el niño ya disfrutaban del Reino en los brazos del Señor. (Internet)
(b) “De cierto os digo que cualquiera que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc. 18:17)
(i) Mientras meditaba en estas palabras, quise comprender más específicamente quiénes son aquellos que “no reciben el Reino de Dios como un niño.”
Recibirlo “como un niño” no se refiere a la inocencia infantil ni a la pureza moral. Se refiere al rechazo de la condición de absoluta impotencia y total dependencia que caracterizaba a los niños en aquella cultura. Concretamente, se refiere a cuatro tipos de personas:
1. Quienes presentan sus logros religiosos como condición (tipo fariseo)
Como el fariseo de Lucas 18:11-12, son personas que intentan presentarse confiadamente ante Dios basándose en sus ayunos, diezmos o buenas obras.
Un niño no le dice a sus padres: “Trabajé tanto hoy, así que denme comida.” Simplemente recibe por gracia. Los fariseos, en cambio, creen que pueden conquistar o comprar el Reino de Dios mediante su propio esfuerzo. Por eso no pueden recibirlo como un regalo gratuito.
2. Quienes discriminan y rechazan a otros según los criterios del mundo (tipo discípulos)
Como los discípulos que apartaron a los niños en Lucas 18:15.
Miran a sí mismos y a los demás a través de criterios humanos como productividad, conocimiento, posición social o méritos.
Los niños carecían de posición social y de capacidad para protegerse. El pensamiento de los discípulos —“estos niños inútiles no tienen derecho”— convertía el Reino de Dios en un privilegio exclusivo para los que consideran dignos. Esa es precisamente la actitud opuesta a recibir el Reino como un niño.
3. Quienes no reconocen su bancarrota espiritual (tipo joven rico)
Inmediatamente después de este pasaje aparece el dirigente rico que pregunta: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (Lc. 18:18-23). Aunque afirmaba haber guardado todos los mandamientos, se marchó triste cuando Jesús le pidió que renunciara a sus riquezas. Un niño sabe que no posee nada y depende completamente de lo que recibe.
Pero el joven rico tenía demasiadas cosas aferradas en sus manos: riquezas, prestigio y justicia propia. Se negó a soltarlas para depender únicamente del Señor.
4. Quienes intentan acercarse a Dios por sí mismos, sin un Mediador
Esta es la condición espiritual más fundamental. Es exactamente lo contrario de la perspectiva del evangelio que comprendí al amanecer.
La persona semejante a un niño: Descansa en los brazos de Jesús y mira al Padre únicamente a través de Él.
La persona que no recibe el Reino: Intenta acercarse a Dios por medio de sus emociones, esfuerzos o cualidades personales, saltándose el camino de la expiación y los méritos de Cristo.
Como resultado:
Si le va bien, se vuelve orgullosa como el fariseo.
Si fracasa, cae en la desesperación como el publicano.
En definitiva, quien no recibe el Reino como un niño representa el enorme ego que existe en nosotros y que se resiste a admitir que delante de Dios somos incapaces de hacer nada por nosotros mismos. (Internet)
¿Cómo puede quebrantarse ese enorme ego que se resiste a reconocer que es un “bebé espiritual”?
“Para que nuestro ego engrandecido sea quebrantado y lleguemos a ocupar el lugar de un verdadero niño espiritual, debemos abandonar el intento artificial de destruir nuestro ego por nuestras propias fuerzas.
El quebrantamiento del ego no es resultado de una decisión humana, sino de la obra del Espíritu Santo cuando la luz del evangelio ilumina nuestro interior.
En la práctica, esto sucede mediante tres canales espirituales principales:
1. Enfrentar nuestra bancarrota espiritual ante la balanza de la cruz
El ego crece alimentándose de la ilusión de que todavía somos personas bastante buenas. Esa ilusión se rompe cuando nos vemos a nosotros mismos delante del Dios santo.
Debemos abandonar nuestros estándares morales y, como el publicano, reconocer honestamente: “No hay nada bueno en mí.” Cuanto más comprendemos la profundidad de la cruz y el precio que Cristo tuvo que pagar por nuestros pecados, más se hace pedazos el ego que presumía de su propia grandeza.
2. Aceptar el sufrimiento y las limitaciones como canales de bendición
A menudo Dios permite situaciones que no podemos resolver por nuestras propias fuerzas para quebrantar nuestro ego. Cuando llegamos al punto en que nuestra sabiduría, recursos, salud y capacidades ya no son suficientes, descubrimos nuestra verdadera impotencia.
Los fracasos y las limitaciones, aunque dolorosos, se convierten en momentos de gracia que nos llevan a decir: “Señor, no puedo hacer nada sin Ti.” Cuando reconocemos nuestros límites, las murallas del ego comienzan a derrumbarse.
3. Dejar de vivir según cómo me veo yo mismo y vivir según cómo me ve Jesús
El ego se vuelve grande porque constantemente intenta justificarse mediante logros, reputación y posesiones.
La única manera de romper este mecanismo es adoptar la perspectiva que usted confesó al amanecer.
Dejar de evaluarnos según nuestras propias opiniones —ya sea con orgullo farisaico o con desesperación— y entregarnos completamente a la mirada de Dios, quien nos ve como hijos amados a través de la sangre de Cristo.
Así como un bebé descansa seguro en los brazos de sus padres sin intentar demostrar su valor, nosotros también encontramos descanso cuando nos sumergimos en el amor incondicional del Señor.
Al hacerlo, el ego pierde su fuerza y se disuelve.
En definitiva, el secreto para que el ego sea quebrantado no consiste en golpearnos a nosotros mismos, sino en experimentar cada vez más profundamente el amor con el que el Señor nos atrae hacia Sí (prosekalesato).
Cuando somos abrazados por ese inmenso amor, nuestro ego deja de luchar y puede finalmente descansar en silencio como un niño.” (Internet)
(ii) Oro para que todos nosotros lleguemos a ser personas que reciban el Reino de Dios como un niño, tal como Jesús enseñó (Lc. 18:17). El significado no es la pureza moral ni la bondad natural de un niño.
Jesús estaba utilizando la posición social y la forma de supervivencia de los niños en la antigua sociedad judía para enseñar un principio espiritual.
1. Reconocimiento de la absoluta impotencia (No Power)
Contexto cultural: Los niños no tenían derechos ni posición social y eran los más indefensos de la sociedad.
Significado espiritual: Recibir el Reino significa reconocer, como el publicano, que no poseemos ni la más mínima capacidad para salvarnos a nosotros mismos.
2. Dependencia y confianza totales (Total Dependence)
Contexto cultural: Un bebé depende completamente de sus padres para ser alimentado, vestido y protegido.
Significado espiritual: Confiar plenamente, no en nuestros méritos o sentimientos, sino únicamente en la gracia redentora de Jesucristo y en la misericordia de Dios.
3. Recibirlo como un regalo sin mérito (Pure Gift)
Contexto cultural: Un niño no exige recompensa por ayudar en casa. Simplemente recibe lo que sus padres le dan como un regalo.
Significado espiritual: El Reino de Dios no se compra ni se obtiene mediante esfuerzo humano o actividades religiosas. Es un regalo gratuito de la gracia de Dios que debe recibirse y disfrutarse con sencillez y confianza.
En conclusión, recibir el Reino de Dios como un niño significa renunciar a la fuerza de nuestro ego engrandecido, descansar en los brazos del Señor y mirar al Padre únicamente a través de Jesucristo, como un bebé espiritual completamente dependiente de Él. (Internet)