“Todos nosotros somos ‘Lázaros’ espirituales
que no podemos vivir sin la gracia de Dios.”
“Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino, y cada día hacía espléndidos banquetes. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades, estando en tormentos, alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: ‘Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora él es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá’. Entonces le dijo: ‘Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento’. Abraham le dijo: ‘A Moisés y a los profetas tienen; que los oigan’. Él entonces dijo: ‘No, padre Abraham; pero si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán’. Mas Abraham le dijo: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos’” (Lucas 16:19-31).
(1) Hoy deseo recibir la enseñanza que Dios nos da al meditar sobre la vida del “mendigo Lázaro” en esta tierra, centrándonos en Lucas 16:20-21.
(a) Al leer el versículo 20 en el texto griego, me llamaron la atención dos palabras griegas que quisiera examinar:
(i) La primera palabra griega es “πτωχὸς” (ptōchós), traducida en la Biblia coreana como “mendigo” (v. 20).
Esta palabra aparece al comienzo mismo del versículo 20 en el texto griego. No se refiere simplemente a una persona pobre, sino a alguien que no posee absolutamente nada y que debe depender por completo de la misericordia de otros para sobrevivir: un indigente o mendigo en extrema pobreza. A través de la situación de Lázaro en este pasaje, podemos observar tres significados profundos de esta palabra:
1. Pobreza absoluta e incapacidad total
Pobreza absoluta: En griego existe otra palabra (πένης, pénēs) que describe a alguien relativamente pobre. Sin embargo, la Biblia utiliza “πτωχὸς” (ptōchós) para describir a Lázaro. Esta palabra señala a un mendigo completamente arruinado, incapaz de sostenerse por sí mismo.
Impotencia física: Lázaro estaba “echado” a la puerta del rico. Se encontraba en una condición tan miserable que ni siquiera tenía fuerzas para moverse y mendigar por sí mismo.
2. Dependencia total
Dependencia de la misericordia ajena: Etimológicamente, “πτωχὸς” (ptōchós) proviene de una raíz que significa “encogerse” o “temblar de miedo”.
Una vida de mendicidad: Así como Lázaro deseaba alimentarse de las migajas que caían de la mesa del rico, esta palabra describe gráficamente una condición en la que la supervivencia es imposible sin la ayuda y la atención de otros.
3. Relación con la pobreza espiritual (significado de fe)
Quien mira solamente a Dios: Es la misma palabra utilizada en Mateo 5:3: “Bienaventurados los pobres (πτωχὸς) en espíritu”.
Dependencia absoluta: El nombre “Lázaro” significa “Dios ayuda”. Representa la condición espiritual del ser humano que no puede apoyarse ni en las riquezas ni en sus propias fuerzas, sino que solo puede esperar completamente en la misericordia y la salvación de Dios.
Al meditar en el hecho de que la palabra “πτωχὸς” (ptōchós) se utiliza también en Mateo 5:3 para describir a los “pobres en espíritu”, y en que el nombre “Lázaro” significa “Dios ayuda”, recordé a Lázaro de Juan 11, a quien Jesús resucitó de entre los muertos.
1. El cumplimiento del significado del nombre: “La ayuda de Dios” manifestada en los dos Lázaros
“Lázaro” proviene del nombre hebreo Eleazar, que significa “Dios ayuda”.
Los dos Lázaros de la Biblia —el de Lucas 16 y el de Juan 11— parecían ser, a los ojos del mundo, personas completamente abandonadas. Sin embargo, ambos llegaron a ser ejemplos de la ayuda soberana de Dios. La diferencia está en la forma y la dimensión en que esa ayuda se manifestó.
El Lázaro de Lucas (ayuda para la salvación eterna)
Durante su vida terrenal sufrió miserablemente a la puerta del rico, cubierto de llagas que los perros lamían. El mundo no lo ayudó.
Sin embargo, después de su muerte fue llevado por los ángeles al seno de Abraham (el paraíso). Allí recibió directamente de Dios el descanso y el consuelo que nunca obtuvo en esta vida.
Mensaje: La ayuda de Dios no se limita a la prosperidad material ni al éxito terrenal, sino que alcanza su plenitud en el Reino eterno de Dios más allá de la muerte.
El Lázaro de Juan (ayuda mediante una señal histórica)
Lázaro enfermó y murió. Ya estaba en el sepulcro, y su cuerpo comenzaba a despedir mal olor. Humanamente hablando, toda esperanza de ayuda había desaparecido.
Entonces Jesús lloró, ordenó que se quitara la piedra del sepulcro y lo resucitó.
Mensaje: Este acontecimiento demuestra históricamente que Jesús es “la resurrección y la vida” (Jn 11:25). La ayuda de Dios tiene poder incluso sobre la muerte, el límite final de la existencia humana.
Resumen: Estos dos acontecimientos muestran de manera completa que la ayuda de Dios es tanto el poder que domina la muerte física (Juan) como el amor que garantiza la vida eterna después de la muerte (Lucas).
2. La muerte espiritual y el “ptōchós” (πτωχὸς): Lázaro en el sepulcro y los pobres en espíritu
Como hemos reflexionado anteriormente, “ptōchós” (πτωχὸς) significa un estado de bancarrota absoluta, donde una persona no posee ni siquiera un 0 % de capacidad para salvarse a sí misma.
Este concepto encaja perfectamente con la condición de Lázaro muerto en Juan 11.
La condición de Lázaro en el sepulcro (un “ptōchós” espiritual)
Lázaro llevaba cuatro días muerto, envuelto en vendas funerarias dentro de la tumba.
No tenía lengua para clamar a Jesús: “¡Sálvame!”. Tampoco tenía fuerzas para abrir la tumba y salir.
Esta es precisamente la condición espiritual del ser humano descrita por la Biblia: “muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).
No podemos buscar a Dios por nosotros mismos ni pedir salvación. Somos completamente “ptōchós”.
Levantado únicamente por la voz de Jesús (la gracia)
En medio de esta incapacidad absoluta se escuchó la voz soberana de Jesús: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43). Lázaro no volvió a la vida por su voluntad ni por su esfuerzo. Fue la palabra poderosa y la gracia de Cristo las que lo resucitaron.
Relación con Mateo 5:3: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
El pobre en espíritu es aquel que reconoce que espiritualmente es tan incapaz como un cadáver en una tumba y confiesa:
“Dios, soy un quebrado espiritual. No puedo salvarme a mí mismo. Necesito únicamente Tu gracia y Tu voz.”
A tales personas Dios les concede gratuitamente el Reino de los Cielos y la vida eterna.
3. La intención de Jesús: ¿Por qué utilizó el nombre “Lázaro”?
En todos los Evangelios, la parábola del rico y Lázaro es el único caso en el que Jesús menciona por nombre a un personaje dentro de una parábola. Luego, en Juan 11, resucita realmente a un hombre llamado Lázaro.
Esto contiene un mensaje profundo y deliberado dirigido al pueblo judío.
Jesús invierte los valores de las élites religiosas
La sociedad judía de aquella época, especialmente los fariseos, creía que: La riqueza era señal de la bendición de Dios. La pobreza y la enfermedad eran señales de maldición.
Sin embargo, Jesús presenta a un rico que permanece sin nombre, mientras que el mendigo recibe el nombre de “Lázaro” (“Dios ayuda”).
De esta manera proclama que aquel a quien el mundo desprecia es precisamente aquel a quien Dios recuerda y ayuda.
Jesús estaba denunciando el error espiritual de juzgar a las personas por su apariencia externa y sus posesiones materiales.
El cumplimiento profético de Lucas 16 en Juan 11
Al final de Lucas 16, el rico pide que Lázaro sea enviado para advertir a sus hermanos.
Abraham responde: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque alguno se levante de entre los muertos” (Lc 16:31).
Posteriormente, en Juan 11, un hombre llamado Lázaro realmente resucita de entre los muertos.
La parábola se convierte en realidad.
La exposición de la dureza del corazón humano
Cuando Lázaro fue verdaderamente resucitado, los principales sacerdotes y los fariseos no se arrepintieron.
Por el contrario, conspiraron para matar tanto a Jesús como a Lázaro (Jn 12:10).
Al utilizar el nombre “Lázaro” tanto en la parábola como en el acontecimiento histórico, Jesús puso al descubierto la dureza del corazón humano y la hipocresía de los líderes religiosos que se negaban a creer aun frente a las evidencias más extraordinarias.
Conclusión:
A través del Lázaro de Lucas aprendemos acerca del Reino eterno de Dios y de la pobreza espiritual que debemos reconocer en nosotros mismos. A través del Lázaro de Juan contemplamos el poder de la resurrección de Jesucristo, quien puede dar vida con una sola palabra a quienes están espiritualmente en bancarrota —“πτωχὸς” (ptōchós)— y encerrados en la tumba. Todos nosotros somos “Lázaros” espirituales que no podemos vivir sin la gracia de Dios. (Internet)
(ii) La segunda palabra griega es “εἱλκωμένος” (heilkōmenos), que en la Biblia coreana se traduce como “cubierto de llagas” (v. 20).
· Esta palabra es un término clave que describe de manera vívida la miserable condición física de Lázaro. La inteligencia artificial resumió en tres aspectos el significado original de esta palabra y el mensaje espiritual contenido en ella (Internet):
1. Significado original: Un cuerpo cubierto de heridas y pus
Un término médico: Esta palabra es el participio perfecto pasivo del verbo griego helkóō (ἑλκόω), que significa “estar ulcerado” o “cubrirse de llagas”. Lucas, quien era médico, describió con precisión clínica la condición de Lázaro. Su piel no estaba simplemente herida; todo su cuerpo estaba cubierto de llagas malignas y úlceras de las que brotaban sangre y pus.
Sufrimiento continuo: El uso del participio perfecto indica que aquellas llagas y dolores no aparecieron una sola vez de manera pasajera, sino que habían persistido durante mucho tiempo, consumiendo gradualmente todo su cuerpo.
2. Significado social y religioso: El estigma de ser un “maldito”
Símbolo de impureza: En la sociedad judía de aquella época, las enfermedades cutáneas graves que producían llagas supurantes eran consideradas “impuras” según la Ley de Levítico. Al verlo, la gente probablemente pensaba: “Este hombre es un pecador castigado y maldecido por Dios”, señalándolo y alejándose de él.
Aislamiento total: Aunque había sido dejado a la puerta del rico, nadie cuidaba de él. Solo los perros venían y lamían sus heridas. Dado que los perros eran considerados animales impuros en la cultura judía, la imagen de animales impuros lamiendo las heridas de un hombre considerado impuro muestra visualmente hasta qué punto Lázaro había caído en la escala social y religiosa.
3. Su significado espiritual en relación con “ptōchós” (πτωχὸς): La condición de un alma contaminada por el pecado
Desnutrición espiritual y miseria: Si ptōchós (“pobreza absoluta”) describe la impotencia económica y circunstancial de Lázaro, heilkōmenos (“cubierto de llagas”) describe su bancarrota física y exterior. Tanto por dentro como por fuera, estaba completamente destruido.
Nuestro retrato espiritual: Esto guarda una estrecha relación con Isaías 1:6, donde el profeta lamenta la condición pecaminosa de Israel:
“Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y llaga podrida; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.”
Esta imagen representa la corrupción total del ser humano. En otras palabras, visualiza la miserable condición de una humanidad cuya alma entera está cubierta por la infección del pecado lejos de la gracia de Dios.
En definitiva, a los ojos del mundo, Lázaro era exteriormente un hombre “cubierto de llagas” (heilkōmenos) e interiormente un mendigo sin nada (ptōchós). Sin embargo, cuando llegó sobre él la ayuda de Dios, tal como lo indica su nombre, su alma fue recibida en el seno de Abraham en la condición más pura y gloriosa.
Al reflexionar sobre la palabra clave “εἱλκωμένος” (heilkōmenos) —“cubierto de llagas”— que describe tan vívidamente la miserable condición física de Lázaro, y al leer que su cuerpo no estaba simplemente herido, sino cubierto de úlceras malignas y llagas supurantes, recordé a Job en el libro de Job:
“Entonces Satanás salió de la presencia de Jehová e hirió a Job con una sarna maligna desde la planta de su pie hasta la coronilla de su cabeza. Y tomaba Job un tiesto para rascarse con él, sentado en medio de ceniza” (Job 2:7-8).
Tanto Lázaro como Job parecían externamente hombres maldecidos por Dios. Sin embargo, interiormente vivían en una condición de ptōchós —pobreza espiritual— dependiendo únicamente de Dios. Finalmente ambos experimentaron la gracia de “Lázaro”, es decir, la gracia de que “Dios ayuda”. En este sentido constituyen un paralelismo extraordinario.
Las “llagas” (heilkōmenos) de Lázaro y los “tumores desde la planta de los pies hasta la coronilla” de Job no son simples registros de enfermedades. Son grandes señales espirituales que atraviesan toda la Escritura, apuntando al tema del sufrimiento del justo, cuyo clímax y cumplimiento se encuentran en los sufrimientos de Cristo en la cruz.
La inteligencia artificial explicó cómo los sufrimientos físicos de estos dos hombres están estrechamente relacionados con los sufrimientos de Cristo mediante tres temas espirituales (Internet):
a. Destrucción total y abandono absoluto (La intensidad del sufrimiento)
Los sufrimientos de Lázaro y de Job fueron una forma de destrucción integral, sin dejar ninguna parte intacta. Su miseria coincide profundamente con los sufrimientos físicos y emocionales que Jesús soportó en la cruz.
Lázaro y Job: Job estaba cubierto de tumores desde los pies hasta la cabeza y se rascaba con un trozo de cerámica. Lázaro tenía todo el cuerpo cubierto de llagas, y los perros lamían sus heridas. Ambos soportaron no solo dolor físico, sino también la soledad de ser abandonados por familiares, amigos y la sociedad.
Los sufrimientos de Cristo: Jesús llevó una corona de espinas sobre su cabeza. Su espalda fue desgarrada por los azotes. Sus manos y sus pies fueron atravesados por clavos.
El profeta Isaías describió proféticamente este sufrimiento como una condición en la que “no hay cosa sana desde la planta del pie hasta la cabeza” (Is. 1:6).
Además, Jesús experimentó el abandono total: fue traicionado por sus discípulos y, al cargar los pecados del mundo, experimentó el profundo desamparo de la cruz.
La conexión: Las heridas sufridas por Job y Lázaro prefiguran a Cristo descendiendo al lugar más profundo del sufrimiento humano causado por el pecado. Señalan anticipadamente al Salvador que entraría personalmente en el dolor humano para identificarse plenamente con él.
b. El estigma social y la vergüenza de ser considerado un “maldito” (La naturaleza del sufrimiento)
En aquella cultura, las enfermedades cutáneas malignas y supurantes no eran vistas simplemente como dolencias físicas, sino como evidencias de un castigo divino.
Lázaro y Job: Los amigos de Job lo condenaban diciendo que debía estar sufriendo por algún pecado oculto. Del mismo modo, Lázaro, tendido a la puerta del rico, seguramente era visto por los transeúntes como un pecador maldito.
Los sufrimientos de Cristo: Jesús murió colgado de un madero —la cruz—, símbolo supremo de maldición según la ley judía.
La gente se burlaba de Él diciendo: “Nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” (Is. 53:4).
Aquel que no tenía pecado alguno murió llevando la apariencia del hombre más impuro y despreciado.
La conexión: Jesús tomó sobre Sí mismo el estigma injusto y la vergüenza que experimentaron Job y Lázaro. Soportó voluntariamente la maldición del más miserable de los hombres para redimir a quienes verdaderamente vivían bajo la maldición.
c. Una gloriosa reversión mediante la pobreza espiritual (ptōchós) (El desenlace del sufrimiento)
La conexión más importante se encuentra en la actitud espiritual que estos hombres mostraron en medio del sufrimiento y en la gloriosa transformación que siguió.
Lázaro y Job: En medio de su dolor, ninguno se rebeló contra Dios ni buscó salvarse por sus propias fuerzas. Permanecieron en la condición de ptōchós: dependencia absoluta de Dios.
Como resultado, Job recibió una restauración doble, y Lázaro obtuvo consuelo eterno en el seno de Abraham.
Los sufrimientos de Cristo: Aun en la agonía extrema de la cruz, Jesús se sometió silenciosamente a la voluntad del Padre.
Como profetizó Isaías: “Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca” (Is. 53:7). No descendió de la cruz para salvarse a Sí mismo. En cambio, entregó completamente Su espíritu en las manos del Padre. Después, al tercer día, resucitó y fue exaltado a la más alta gloria.
La conexión: La gloria que siguió a los sufrimientos de Job y de Lázaro anticipa la resurrección de Cristo y la victoria definitiva del Reino de Dios.
Conclusión de la meditación: Los tumores de Job y las llagas de Lázaro convergen finalmente en el corazón mismo del Evangelio: “Por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).
Jesús sufrió sin causa, como Job. Fue desgarrado y quebrantado, como Lázaro. Lo hizo porque nosotros éramos espiritualmente seres cubiertos de heridas y corrupción: hombres “llenos de llagas” y mendigos espirituales (ptōchós).
Porque Él ocupó nuestro lugar de miseria, ahora nosotros hemos llegado a ser “Lázaros” espirituales —personas ayudadas por Dios— y podemos disfrutar del consuelo y la esperanza del cielo.
(b) Al meditar hoy en Lucas 16:21, donde se dice que el mendigo Lázaro “deseaba saciarse de lo que caía de la mesa del rico”, recordé el episodio en el que Jesús, para poner a prueba a la mujer cananea (Mt 15:22) [una griega, sirofenicia de nacimiento (Mr 7:26)], que le suplicaba que sanara a su hija endemoniada, le dijo:
“No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros.” Y cómo aquella mujer respondió: “Sí, Señor; pero aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (Mt 15:27).
(i) Estos dos pasajes, mediante la imagen común de “lo que cae de la mesa del Señor”, explican perfectamente cómo un “ptōchós” espiritual (un quebrado absoluto, un totalmente arruinado) debe anhelar y buscar la gracia de Dios (Internet):
1. Debemos buscar reconociendo nuestra completa bancarrota espiritual (un desarme total).
El lugar “debajo de la mesa” (en el suelo), que constituye el escenario común de ambos pasajes, es el lugar donde la justicia propia, el orgullo humano y las credenciales mundanas quedan completamente quebrantados y anulados.
La situación en los pasajes: Lázaro estaba encogido en el suelo junto a la puerta del rico, mientras que la mujer cananea se postró a los pies de Jesús, humillándose hasta la posición de un “perro”.
La manera de anhelar: El ptōchós espiritual, cuando se acerca a Dios, debe abandonar por completo la actitud de un acreedor espiritual que piensa: “He servido tanto, tengo tal cargo, he vivido rectamente.” Debe acercarse como Lázaro, totalmente quebrado desde la perspectiva del mundo, y como la mujer cananea, confesando con total negación de sí mismo: “Señor, soy un pecador espiritual y un quebrado incapaz de producir justicia por mis propias fuerzas.” Solo desde esa completa rendición y desarme espiritual puede pedir gracia.
2. Debemos aferrarnos desesperadamente, creyendo que incluso una “migaja” es vida (la absoluta necesidad de la gracia).
La mirada no está puesta en el espléndido banquete servido sobre la mesa, sino en los pequeños pedazos que caen debajo de ella: las migajas. Esa perspectiva revela una profunda desesperación por la gracia.
La situación en los pasajes: Para Lázaro, aquellas migajas eran el único medio para prolongar su vida. Para la mujer cananea, una sola palabra del Señor —una “migaja”— era el único rayo de sanidad capaz de salvar a su hija.
La manera de anhelar: El anhelo del ptōchós no es una afición espiritual que diga: “Sería bueno recibir gracia, pero si no la recibo, no importa.” Más bien es una desesperación que declara: “Sin la gracia del Señor, hoy mismo moriría espiritualmente de hambre.”
Aunque se trate de un solo versículo bíblico que otros consideren insignificante, o de una pequeña manifestación de misericordia que el Señor conceda al pasar —una “migaja”—, el ptōchós reconoce que esa es la única cuerda de salvación para su alma y se aferra a ella con todas sus fuerzas.
3. Debemos confiar hasta el final en la bondad y abundancia del Señor (la mirada de la fe).
Mirar hacia “la mesa del Señor” significa confiar en el Proveedor abundante que está sobre ella: el Señor mismo.
La situación en los pasajes: Incluso cuando Jesús pareció rechazarla mediante palabras que ponían a prueba su fe, la mujer cananea no se desanimó ni huyó. Al contrario, siguió hablando de “la mesa de su amo”, confiando hasta el final en la misericordia oculta y en la abundancia del Señor. De igual manera, Lázaro, fiel al significado de su nombre —“Dios ayuda”—, puso su confianza no en el rico de este mundo, sino en la mesa de su Amo celestial.
La manera de anhelar: El verdadero ptōchós continúa creyendo que la mesa del Señor siempre es abundante y que Él es el buen Amo que da lo mejor a quienes le buscan. Aunque las circunstancias parezcan un rechazo y el sufrimiento continúe sin cesar, la fe mantiene sus ojos no en el suelo, sino en el Amo que está sobre la mesa. Ese es el anhelo de la fe.
Conclusión de la meditación
En definitiva, el anhelo del ptōchós que busca “las migajas que caen de la mesa de su Señor” consiste en una actitud de fe que reconoce honestamente la miseria de su condición (el suelo), mientras confía desesperadamente en la abundante misericordia del Amo (la mesa). Dios es Aquel que, a los pobres en espíritu (ptōchós), a quienes renuncian a toda justicia propia y buscan únicamente la misericordia del Señor, no les da simplemente migajas. Más bien, les sirve abundantemente como banquete todo el Reino de Dios, el Reino de los Cielos. (Internet)